Protocolo para una civilización tecnológicamente emancipada
El progreso fascina. Siempre ha fascinado.
Es cierto que la imprenta tuvo sus detractores. Y cuesta imaginar a los defensores de las murallas medievales extasiándose ante las primeras bombardas que pulverizaban sus baluartes. Pero desde el Renacimiento, al menos en Occidente, los entusiastas siempre han prevalecido sobre los escépticos. Hoy, esta fascinación roza el encantamiento.
Sin embargo, conviene recordar que las grandes aceleraciones tecnológicas también han dejado las cicatrices más profundas en el cuerpo social.
Tomemos el nacimiento del capitalismo. Entre sus dinámicas fundacionales, una conserva una carga simbólica particular: los cercamientos. A partir del siglo XV, primero en Inglaterra y luego progresivamente en toda Europa, las tierras comunales — esos commons donde los campesinos ejercían desde hacía siglos derechos de uso colectivo que les permitían subsistir dignamente — fueron sistemáticamente cercadas, privatizadas, transformadas en propiedad exclusiva.
Habría que esperar a Proudhon, en el siglo XIX, para que una voz se alzara: «La propiedad es un robo.» Pero para entonces, poblaciones enteras habían sido expropiadas, expulsadas hacia las ciudades, reducidas a la miseria — creando así las condiciones de existencia de un mercado de trabajo. Karl Polanyi lo demostró: esta dislocación de las comunidades rurales no fue un efecto secundario de la modernización. Fue su motor. Sin la destrucción de la sociedad rural, jamás habría podido emerger el sistema autorregulador fundado sobre tres mercancías abstractas e intercambiables: la tierra, el trabajo, el dinero.
Las ciudades industriales que resultaron fueron, ante todo, lugares de miseria concentrada — combustible de la primera revolución industrial, tanto como el carbón. La riqueza creada fue inmensa. Las destrucciones y guerras que engendró lo fueron igualmente. En cuanto a la distribución de esta riqueza, alcanzó en el siglo XIX un nivel de concentración tal que Piketty, para hablar de ello dos siglos después, acuñó esta fórmula: «El pasado devora el futuro.»
No estamos hoy en vísperas de otro rescate bancario por parte de nuestro canciller.
Nos encontramos en la encrucijada de varios fenómenos mayores:
— Una dinámica entrópica susceptible de conducir a un colapso ambiental planetario;
— Un calentamiento global, púdicamente rebautizado como «cambio climático»;
— La desintegración de la arquitectura mundial surgida en 1945 — ese equilibrio del terror que, durante ocho décadas, congeló las líneas de fractura sin jamás sanarlas;
— Y una segunda gran revolución industrial, sabiendo que las dos primeras crisis mencionadas son precisamente las consecuencias de la primera.
Lógicas similares a las de los cercamientos van a desplegarse. Es inevitable. Nuevas cercas ya se están erigiendo — alrededor de los datos, los algoritmos, las infraestructuras digitales, los recursos cognitivos.
Este es el objeto de este protocolo.
Recordar las luchas sociales del siglo XX. Honrar a todos aquellos que, a lo largo de la historia, se negaron a quedarse boquiabiertos ante el progreso técnico y la concentración natural del poder. Pero también — y sobre todo — anticipar las transformaciones venideras. Implementar una acción colectiva resueltamente lúcida. Apuntar al impacto más decisivo.
No contentarse ya con una postura defensiva, aferrada a conquistas que fueron arrancadas tardíamente, como reacción a los trastornos de la primera revolución industrial.
Actuar, esta vez, a tiempo.
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